Llevo muuuucho tiempo sin aparecer por aquí, pero los dos meses antes de venirme para aquí fueron completamente horrorosos. Siempre he dicho que Berlín es, en cierto modo, mi lugar seguro y nunca antes había necesitado venir aquí a desintoxicarme tanto como ahora. Y en ello estoy :)
Puedo afirmar con toda seguridad que, por fin, he conseguido salir de ese bucle de odio, ponzoña, autodestrucción e infelicidad. La sonrisa vuelve a ser permanente. Y de todo corazón.
Tengo mucha suerte. Tengo amigos aquí que se desviven por cuidarme. Hace frío, sí, y hay semanas en las que no veo el sol. Pero así, cuando sale, lo disfruto aún más. Vuelvo a quererme, a hacerme caso y a cuidarme. Vuelvo a ser mi máxima preocupación y mi máxima prioridad. ¡Hasta he conseguido tachar de mi lista el teñirme el pelo (o al menos, parte de él) de azul!
Obviamente, hay cosas no tan positivas. Puede ser algo duro el que anochezca tan temprano, sobre todo, los días nublados. El cerebro, a veces, no puede con tanto alemán y decide hacer huelga. Hay que aceptar la soledad, bailar un tango con ella y no dejar que te destruya. Muchas cosas sólo se pueden verbalizar en la lengua materna. Los abrazos cibernéticos sirven, aunque abrazar una almohada a veces tenga que bastar. El Skype está muy bien, aunque a veces el vacío que queda después sea completamente espantoso.
Poco a poco... Ya tengo mis rutinas, ya me siento como en casa. Tengo interiorizado de una vez que ahora estoy viviendo aquí. ¿Lo mejor de todo? Que no sé por cuánto tiempo... De momento, seguiré sonriendo de vuelta a esta ciudad que siempre me acoge con los brazos abiertos :)
Tengo mucho que contar pero muy poco tiempo para dedicarme al blog... Sin embargo, me acabo de encontrar con esto en el buzón y tenía que compartirlo :)
No sé el porrón de horas que nos va a tocar estar en el tren, pero así me sirve de entrenamiento para el Transiberiano. O para inaugurar el año de trenes (porque, conociéndome, estando en Berlín voy a hacer varias escapaditas seguuuuuuuuro). Mal sehen...
Ya que la locura de precios de los vuelos y mi pobreza estudiantil hacen que me quede sin ir este junio a Berlín y sin poder volver a Roma este verano, sólo me queda soñar y planear viajes remotos en el tiempo.
Y como soñar es gratis, he decidido no ponerme demasiados límites (sin pasarme, no quiero tener que estar 10 años ahorrando).
Aprovechando que el año que viene andaré en Berlín, quiero darme una vuelta alrededor del Báltico. Y en algún momento de mi futuro a medio plazo, aún sin fecha, haré el Transiberiano. O el Transmongoliano. Eso aún está por decidir.
Esta mañana, leyendo un libro friki de los míos (lo que viene a ser un libro de influencias del latín en el antiguo alto alemán), he encontrado información bastante útil y se me ha ocurrido la brillante idea de querer fotocopiar esas páginas. Para variar, las fotocopiadoras de mi facultad estaban rotas, por lo que he optado por la opción B: ir a la facultasd de Derecho. Tampoco he tenido suerte con las máquinas que conocía, por lo que he decidido interrogar a un chaval aleatorio.
YO: Disculpa, ¿hay alguna fotocopiadora más aparte de ésas?
CHAVAL ALEATORIO: Ehhh... No. En la facultad de enfrente tienes.
YO: Acabo de venir de allí.
CHAVAL ALEATORIO: ¿Y por qué no les pides a los de reprografía que te lo hagan?
YO: Porque quiero hacer fotocopias de un libro...
CHAVAL ALEATORIO: ¡Uy! Pues es que en España es muy difícil encontrar un sitio donde te hagan fotocopias de libros... En Moncloa hay uno. Es muy fácil llegar a Moncloa. Tienes que coger el autobús blah blah blah...
La verdad es que el chico ha sido muy simpático. Pero sí que me ha hecho sentir un poquito guiri...
Realmente este post es bastante aleatorio, pero la situación me ha hecho gracia. Puede parecer lógico pensar que las cartas tardan lo mismo en llegar las envíes desde donde las envíes. Pues no. Y, Aristóteles style, tengo datos concretos para demostrarlo.
Uno de mis imprescindibles en los viajes es, además de comprarme un parche de la ciudad en cuestión, comprar postales para mandarlas. En principio les mandaba a mis abuelos paternos y a mi abuela materna. Después decidí que los de Correos bien se merecían un poco de amor en la era de Internet y la lista ha aumentado considerablemente (tampoco de locura, para qué nos vamos a engañar).
La pegatina viene a decir algo así como "Si verdaderamente es importante, entonces mejor con el correo". Si hubiera podido, no sólo le habría hecho la foto, sino que me habría llevado el buzón a casa...
El caso, una de las personas a las que suelo mandar postal (además de fotos floridas, como bien contaba ya aquí) es a mi señora madre. Eso me permite saber cuándo llegan las postales que mando, para no meter la pata y abrir la boca antes de tiempo. Si a eso le añadimos que me mandó Mireia una postal desde Praga por las mismas fechas, puedo afirmar lo siguiente:
-Postal desde Austria: Enviada el 25/04/2013 (Realmente fue el 24 por la tarde, pero ya a horas a las que no vaciaban el buzón hasta el día siguiente). Recibida el 30/04/2013.
-Postal desde Budapest: Enviada el 25/04/2013. Recibida el 07/05/2013.
-Postal desde Praga: Enviada el 26/04/2013. Recibida el 30/04/2013.
De ahí se deduce, caros míos, que como ya dije aquí, los húngaros son muy lentos. Hasta llegar a ser desesperantes. Algo exagerado (¡a los datos me remito!). Mientras que los checos son más eficientes, para mi sorpresa. Pensaba que ganarían los austriacos.¡Qué cosas!
He cumplido ya con la dosis de conocimiento estúpido que necesitáis al día. Ya os podéis ir a dormir :)
Mi visita a Viena no se puede considerar otra cosa que relámpago. Vale que hicimos allí una noche, pero me da la impresión de haber pasado allí tres días y a la vez ninguno. Es una sensación muy difícil de describir. Escribiré a continuación, como siempre, señora style, mis 10 impresiones aleatorias de la ciudad. Allá voy:
1. Francisco José era un exagerado. Caminar por Viena y no encontrarte con algo dedicado a él es muy complicado. Así es muy difícil jugar a las adivinanzas. El que elija "Francisco José" gana. Fin del juego.
2. La ciudad es preciosa. O por lo menos el centro. Todo está muy limpio, tanto las calles como los edificios. Es todo muy monumental, a veces incluso algo exagerado (parece que no les bastaba tener un palacio, ¡tuvieron que construir tres!). Pero, aún así, me ha parecido muy, muy bonita. Sorprendentemente. A pesar de mi odio absoluto a priori.
3. El Danubio no pasa por el centro de la ciudad. Me refiero al centro, centro. Yo me pensaba que sería algo más al estilo de Budapest (o cualquier otra capital europea que se precie, con su río atravesando el centro de la ciudad). Y más siendo el Danubio. Pues no. No está en las afueras, pero no está tan céntrico como pensaba. Pero es de color azul. Y eso me ha hecho terriblemente feliz.
Mentalmente, cómo no, estaba tarareando El Danubio Azul. Pensaba que no iba a poder tacharlo de mi lista, ¡pero sí!
4. No es tan carísimo todo como dicen. Sí que es verdad que los precios para pasar a los sitios son un poco prohibitivos, por lo menos para el bolsillo de un estudiante. Pero en cualquier otro sitio también. En eso, Berlín no es mucho más barato. ¡Incluso puedes pasar a la Ópera por unos pocos euros! (La letra pequeña dice que de pie, en el gallinero, pero ¡algo es algo!) Si sabes mirar un poco, las cosas no te cuestan mucho más que en Madrid. Incluso hay cosas que te salen más baratas.
5. Hay WiFi por todas partes. Bueno, a lo mejor hay parques en los que no, pero he alucinado con la cantidad de lugares con conexión gratis que hay allí. No ya bares, que parece que por esta zona central de Europa es algo que se lleva bastante, sino en la calle. La verdad, está bastante bien para que los pobres turistas cansados después de llevar horas y horas caminando puedan mandar fotos de flores a sus madres (no lo digo por experiencia propia....) Sin duda, lo que más gracia me ha hecho de todo ha sido tener WiFi en el tren, pero sólo en Austria. Los húngaros no son tan espléndidos.
Foto con las flores. Si en el fondo soy una hija maja y todo...
6. A pesar de tener un aire muy propio, se ha quedado con lo bueno de Alemania (algo que para mí es una ventaja dada mi germanofilia). Como el dm y Reclam(que, por cierto, tienen esta semana dentro de la facultad de letras de la universidad de Viena trillones y trillones de libros de Reclam por la mitad de precio. Menos mal que llevo sólo la maleta de mano y tenía demasiados pocos euros, que si no me habría llevado doscientos libros. Por lo menos). Y el alemán. Aunque tengan, para mí, acento raro.
7. San Esteban por el día es muy bonita, con vidrieras de colorines (que me temo que más bien son tiras de celofán de colorines delante de las vidrieras, pero aún así me parece muy bonito y alegre). Por la noche da mucho miedo. Muchísimo. Algo exagerado.
8. "No hay tornos para pasar al metro". Lo pongo entre comillas porque no, no hay tornos, pero tienes a la vista, muy a la vista, la máquina donde tienes que validar el billete. Todo español tiende a no pagar, porque parece que los revisores no es que destaquen por la frecuencia de paso. Pero mi "multa" por llevar el billete caducado en Berlín hizo que no se me pasara por la cabeza arriesgarme. En Viena la multa por viajar sin billete es de 100 euros. Y no estoy tan montada en el euro como para que no me importe arriesgarme.
9. Por lo que he podido ver (todo sea que me equivoque), es bastante más barato el billete de ida y vuelta si vas desde Budapest a Viena que viceversa. Que lo lógico sería que costara lo mismo, pero no. Así que si estáis pensando en visitar las dos ciudades de una, viajad primero a Budapest (que además tiene vuelos baratos) y de allí ya a Viena.
No sólo son baratos los billetes, sino que tienes la ida y la vuelta abierta en un marco de cuatro días. ¡Todo son ventajas!
10. No cobran petrodólares por comerte una tarta Sacher en el café Sacher. No es barato tampoco, pero me imaginaba que te pedirían tres riñones por ella. Definitivamente, cuando sea rica y vuelva a Viena, merendaré allí una tarde. Y me volveré en taxi al hotel. O en calesa. O haciendo la croqueta, que seguro que es más divertido.
Después de una semana bastante intensa, no he podido evitar quedarme dormida en el avión de vuelta a Madrid. Me ha despertado la voz del piloto cuando nos ha informado de que en pocos minutos íbamos a aterrizar en Barajas. Emocionada, me he asomado a la ventanilla para ver el secarral. Mi secarral. El secarral que me indica que ya queda menos para llegar a casa. Para mi sorpresa, en lugar de marrones y amarillos me he encontrado con el color verde. Me he acordado del marzo más lluvioso de los últimos años y, en ese mismo instante, me he dado cuenta de que mis vacaciones definitivamente se habían terminado.
Descanso. Cola para pasar a los servicios de mujeres. De pronto, una mano aparece por debajo de una de las puertas de los servicios intentando llamar nuestra atención y se oye por detrás una voz desesperada: "Hello? Somebody help me? I can't open the door anymore!!!" Tardo dos segundos en abrirle la puerta. La chica, visiblemente asustada, me dice que va a dejar la puerta abierta, que así se siente más segura, y yo le contesto que no hay ningún problema.
La chica que está esperando detrás de mí se me queda mirando y me suelta "Tú qué eres, ¿inglesa?"
Todos los años por estas fechas en la tele se entretienen poniéndonos una y otra vez las distintas procesiones que han salido a recorrer las calles de las ciudades o que se han tenido que suspender por la lluvia. Año tras año, las mismas imágenes. Este año me he dado cuenta de que lo gastronómico es lo más olvidado. Yo llevo toda la vida comiendo las mismas cosas, pero no ha sido hasta este año que me he dado cuenta de que son cosas comunes a lo largo y ancho de Castilla (no me meto en berenjenales del resto de España porque a tanto no llego).
Aquí os dejo las tres cosas principales (porque del potaje ME NIEGO a hablar):
La limonada. Recuerdo a mi abuelo hacer litros y litros de limonada cuando yo era más pequeña, aunque dejó de hacerla más o menos cuando ya tenía edad como para poder beberla en cantidades industriales. La receta es lo que últimamente me tiene fascinada. Mi madre dice que éste (el color de la foto) viene a ser el color de la limonada tradicional. Yo, no sé por qué, la recuerdo muuuuuucho más oscura. Vete tú a saber quién tiene razón. El caso: lleva vino, alguna bebida gaseosa y frutitas. Y generalmente se puede pedir en cualquier bar.
Los buñuelos. Realmente hablo de los buñuelos porque me da la gana. No sé si son típicos de la zona, pero mi abuela los hace en cantidades industriales todos los años, sin excepción. Y como mi amor al punto 3 es discutible, siempre he comido buñuelos todos los años como si los fueran a prohibir.
Las torrijas. Como he dicho antes, mi amor por ellas es bastante discutible. Mi madre se empeña en hacer todos los años, también en cantidades industriales, por lo que entre las torrijas y los buñuelos acabábamos todos casi con indigestión en cada comida. Hay tres millones de maneras prepararlas (aquí nos ayuda el amigo Youtube) y de comerlas. Yo he cogido la sana y buena costumbre de echarle helado también. Por si fuera poco. También es muy típico el poder encontrar torrijas en cualquier bar al que vayas.
Muy probablemente estas sean cosas que también se coman en el resto de España. Pero es algo de mi infancia, que me ha acompañado siempre y que hace que me sienta en casa.
Me tocará al año que viene llevármelas para Alemania.
Es
curioso cómo la distancia tiende a deformar y difuminar los
recuerdos. Se me antojan más que lejanos aquellos días que pasó entre
Praga, Budapest y Viena. Para mí fueron largos meses de verano en los que, con suerte, mientras jugaba en la calle me llamaban a voces por
la ventana para poder hablar con él. Sin duda, esos breves
¿segundos? ¿minutos? eran lo mejor de todo el día. Recuerdo los
nervios que me invadían una semana antes de que volviera a casa, por
volver a estar con él, por los regalitos que traía desde, para mí, esas tierras tan
lejanas, y por escucharle contar esas mil y una batallitas que se
traía de vuelta en la maleta.
De
Praga no conservo muchos recuerdos. De la ciudad me acordaba sólo
del puente de Carlos. Por mi mente pululaba también el nombre de
Karlovy Vary.
(Puente de Carlos al atardecer en julio del 2010. ¡Gracias, yo del pasado!)
Budapest
aparecía en mi cabeza como una ciudad monumental. Recuerdo guardar
la carta de apenas tres líneas que me mandó, junto con una guía
de la ciudad, como si fuera un tesoro. Me hacía muchísima gracia
que la ciudad, Budapest, realmente fueran dos, Buda y Pest. Aún me
acuerdo de cuando me enseñó lo poco de húngaro que había
aprendido a chapurrear mientras cenábamos fuera para celebrar su
vuelta. Recuerdo el sabor del Paprika en las comidas, el ajedrez de figuritas talladas en madera y el chaleco y la camisa con bordados “típicos”. El chaleco no tanto, pero la camisa sí que me la puse en bastantes ocasiones (mi yo hortera viene de mucho antes de Berlín). Sissi me vigiló mientras dormía durante un buen número de
años, los mismos que me duró la obsesión hacia ella.
Viena
era para mí una ciudad todavía más monumental que Budapest,
grandiosa, imperial. Soñé durante muchísimos años con la
posibilidad de asistir a la Gran Ópera para bailar allí, vestida de
princesa, mi primer vals. Y, cuando sabía que estaba allí, me ponía
en casa el Danubio Azul a un volumen demasiado estridente y comenzaba
a bailar, girando y girando en vueltas infinitas por todo el salón.
Estas
tres ciudades han pasado para mí de ser ciudades maravillosas y
fantásticas a tener un cierto sabor agridulce.
Praga
fue la primera ciudad (de las tres) que visité. Recuerdo haberme
negado con verdadero pavor a viajar allí. Pero era un plan alocado, de los que
me gustan, y en una compañía inmejorable. Otro día os contaré más
detalles. Recuerdo sentir que se me partía el alma en dos cuando me
repartieron un folleto publicitario de un museo de tortura del que ya tenía propaganda por casa. Recuerdo también el estómago encogido mientras atravesaba
el puente de Carlos, a pesar de los numerosos músicos que se dedicaban a animar el ambiente.
La
visita a Budapest no fue más fácil. Fui para allá para ver a
Mireia, que anda por ahí de Erasmus, y de paso, ver a los locos de
los húngaros que había conocido en Berlín (que siguen teniendo
pendiente una entrada). Obviamente, guardo recuerdos increíbles del
viaje, si no, no habría pensado en volver en abril. Sin embargo,
sentía un nudo en la garganta cada vez que veía en algún puesto
alguno de los recuerdos que nos trajo de sus viajes. Y cuando enseñé
a abrir una de esas cajitas de madera con el cierre secreto, casi me
echo a llorar.
Viena
se perfila en mi horizonte... La idea me sigue asustando un poco. Les
daré otra oportunidad a las Mozartkugeln
(que
me da a mí que poco futuro va a tener la cosa). Y me pondré en
mitad de algún puente aleatorio a escuchar el Danubio azul a todo
volumen para poder crear recuerdos nuevos. Sólo espero que el pasado no decida venir a bailar conmigo.
Una mañana de julio cualquiera, en clase de alemán en Berlín. Mi profesor estaba de vacaciones, así que vino un sustituto. Teníamos que escribir en pareja una serie de oraciones utilizando los verbos propuestos en una lista, y uno de ellos era "besar". Le propuse a mi compañera algo parecido a "en España la gente se saluda besándose en las mejillas". Se acerca el profesor:
-PROFESOR: Uy, no sé yo si la gente española estará muy de acuerdo con esto...
Iba conduciendo de vuelta a casa cuando ha comenzado a sonar esta canción en la radio:
Recuerdo la primera vez que escuché esta canción. Estaba nevando en Madrid y caminaba hacia la universidad, todavía a oscuras, entre enormes copos de nieve. Snow dances with the wind, no podía venir más a cuento...
Meses (¿o años?) más tarde, en Berlín ya, descubrí que Scorpions iba a cerrar un ciclo de conciertos de música clásica al aire libre, el Classic Open Air, allí en Berlín, en la Gendarmenmarkt. ¿Scorpions y música clásica? Sí. Me había pasado semanas escuchando una y otra vez el disco que grabaron con la Filarmónica de Berlín y casi muero de la emoción ante la idea de poder verlos en directo. Esta vez no era con la Filarmónica de Berlín, sino con la de Babelsberg, pero no me importó. Temblando, conseguí encontrar la página web donde se podían comprar las entradas. Obviamente, a esas alturas ya no quedaba ninguna (estoy mirando ahora la web y ya están a la venta, como para que hubiera entradas libres en julio el día antes del concierto :P).
De vez en cuando tengo buenas ideas, como en aquel momento, así que decidí, a pesar de todo, pasarme por allí a ver qué se cocía. Recuerdo los nervios en el metro según me iba acercando, aún puedo sentirlos. Precisamente ésta fue la última canción que sonó en mi mp3 antes de llegar a la plaza. El ambiente era algo especial. No pude ver nada porque el escenario y las gradas estaban vallados (y porque llegue demasiado tarde como para poder coger un buen sitio de los gratis) . Además, que la Gendarmenmarkt estaba llena de gente de todas edades y colores, pero a pesar de eso se podía oír perfectamente. No tocaron esta canción, pero sí otra que me gusta muchísimo, Send Me An Angel.
(Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a mi yo del 2011 por haber hecho una foto del momento y poder así ilustrarlo ahora, y a mi yo de algún momento posterior por haber decidido que era una estupendísima idea pasar las fotos de mi móvil anterior al ordenador)
Lamentablemente no pude quedarme mucho tiempo, había quedado en la otra punta de la ciudad y, cómo no, llegaba tarde, pero esos minutos que pasé allí todavía me siguen estremeciendo. Tuve la misma sensación de alegría y vacío existencial que me invade cuando termino un buen libro. Recuerdo también que cuando me iba alejando de allí, camino a la parada de metro, sentía como si se me fuera desgarrandi algo en mi interior a la vez que una extraña comunión con el universo.
En ese preciso momento fue cuando se estableció mi vínculo entre Scorpions y Berlín.
Durante el mes que pasé allí, este disco de Scorpions se convirtió en mi banda sonora para cuando volvía a casa. En cuanto me bajaba del autobús, ya a horas intempestivas en las que la oscuridad lo recubría todo (muy intempestivas entonces tampoco eran, porque en cuanto te descuidas ya te empieza a clarear), me ponía los cascos y comenzaba a caminar. Generalmente, en mis paseos nocturnos de vuelta a casa, sea en el país que sea, tiendo a ponerme muy mística. Encuentro soluciones a todo, incluso al hambre en el mundo, pero en cuanto aparece el mínimo rayo de luz, éstas se desvanecen. Pero esto da lo mismo mientras todavía está oscuro.
Hoy he sentido esos copos de nieve en mi cara, esa sensación de comunión con el universo, ese desgarramiento de mis entrañas y ese misticismo. Todo a la vez. Sumado a una morriña terrible de Berlín.
Dreaming through a winter night, Memories of you are passing by It seems to me like yesterday I think you knew I couldn't stay I see the stars, they're miles and miles away Like our love...
Me enfada mucho la gente cool que viaja con compañías baratas. Mucho. Me enfadan incluso más que el que me despierten de la siesta haciéndome cosquillas (no os lo recomiendo si queréis seguir con vida).
Me explico. Para volar con una compañía de estas baratas (pongo como ejemplo Easyjet y Ryanair porque son las últimas con las que he volado) hace falta tener algo de cutre. O ser estudiante. O las dos cosas. El caso, desde el segundo en el que empiezas con el proceso de la compra del billete, sabes perfectamente que te van a cobrar por todo. TODO. Y no a precio amigo, precisamente. Durante todo el proceso tienes la opción de contratar servicios por un "módico" precio. Es decir, maleta para facturar, seguro de viaje, elección de asiento... A este paso, en cuanto nos descuidemos, nos empiezan a cobrar un plus si queremos utilizar la luz de lectura. Dadles tiempo...
Sin embargo, el principal problema con estas compañías suele ser LA MALETA DE MANO. Así, con letras grandotas. Durante el proceso de compra (si no recuerdo mal) te avisan de que sólo vas a poder llevar una sola maleta de mano, UNA. Nada de llevar bolsos o bolsas aparte. Por si no te has enterado, también te lo imprimen en el billete. Y, por si eso no ha sido suficiente, te vuelven a avisar generalmente en los aeropuertos antes de pasar en dirección a las puertas de embarque. En Schönefeld, por ejemplo, uno de los aeropuertos de Berlín, tienen un cartelito en español indicando que sólo puedes pasar con una maleta de mano. Puede parecer un poco coñazo, ¿verdad? Pues hay gente que aún así no se entera y pierde el juicio cuando les indican que no pueden embarcar con la maleta y con el bolso. OBVIO. ¡Para algo te lo han repetido hasta la saciedad! Lo que sí que no logro entender es a la gente que intenta pasar con la maleta y con una mochila. Esos seguro que no vieron Barrio Sésamo de pequeños. Si no, no me lo explico. Es mucho más cómodo eso de llevar la cartera, el móvil y demás cosas útiles en un bolso o mochila, yo soy la primera que lo hago, pero en el momento de la verdad, lo guardo en la maleta y todos tan felices.
Este tema saca lo peor del género humano. Lo ilustro con mi viaje de vuelta desde Budapest:
A pesar de que llegué bastante pronto al aeropuerto, entre pitos y flautas (léase compras de última hora y camareros húngaros desesperadamente lentos) llegué de las últimas a la puerta de embarque (bueno, más que puerta de embarque, tienda de campaña en mitad de la pista, es de risa), así que al final no quedaba sitio para meter mi maleta. La azafata, encantadora, vio que encima de mí había dos mochilas que cabían perfectamente debajo de los asientos y les preguntó a los dueños que si podían meterlas ahí. Al hombre le daba lo mismo, pero la mujer perdió el juicio por completo. Empezó a pegar voces diciendo que ella había tenido que facturar la maleta, según ella bastante más pequeña que la mía (que, por cierto, cumple todas las medidas y siempre cabe sin ningún problema dentro de las famosas cajitas), que ella había llegado antes (cosa que era verdad) y que ya que había tenido que pagar por facturar su maleta, que no iba a consentir que su mochila fuera en el suelo. Vamos a ver. Entiendo que te joda pagar unos cuantos euros (no precisamente pocos) a la vuelta de tu viaje. Pero si llevas una maleta y una mochila y la mochila no te cabe en la maleta, es a lo que te arriesgas. Y lo de poner las mochilas debajo del asiento anterior es algo que te piden en muchas aerolíneas, no sólo en las low cost. Total, volviendo a la historia, como el jefe de cabina tampoco pudo hacer entrar en razón a esta buena mujer, me tocó facturar la maleta. Al final, mereció la pena sólo por el cabreo que se pilló la mujer porque a mí me habían facturado mi maleta gratis.
Otra causa de apuñalamientos en los vuelos es la elección de asientos. Easyjet ya no funciona así, pero con Ryanair puedes escoger el asiento que quieras según el orden de entrada al avión. Pasas al avión y te sientas. Fin de la historia. Ahora bien, hay que ser un poco inteligentes cuando se viaja en grupo. Si vais seis personas juntas, lo más normal es que os intentéis colocar de los primeros en la fila para poder sentaros juntos. Y si vas con niños pequeños, más de lo mismo. No llegues la última. Porque es lógico que si pretendes mover a un pasajero que ha embarcado pronto y ha conseguido sentarse en un buen asiento, a otro en pasillo y lejos de su maleta, se cabree. También estás avisado cuando compras el billete. Y si no has querido hacer caso, es problema tuyo.
En general, hay mucha tontería con estas compañías low cost. Sí, son muy baratas, pero recibes un servicio acorde a lo que pagas. Una sola maleta, aviones estrechos sin sitio casi para respirar, comida a precio de órganos vitales y auxiliares de vuelo que puede que no hablen tu idioma. ¿Es demasiado cutre para vosotros? ¿Queréis otra cosa? Pues entonces, caros míos, ahorrad un poquito, dejaos los euros con otra compañía y dejadnos al resto de pasajeros pasar un vuelo tranquilo. ¿O acaso os quejáis si no os ponen solomillo en el McDonalds?
Iba hoy tan tranquila en el metro con Rulillas cuando de pronto nos han pedido los billetes de viaje. Me he alegrado. Mucho. Por fin aparecía un revisor que hacía que hubiera merecido la pena los 28 euros que me dejé en el billete semanal. Se lo doy, toda orgullosa, y me dice que no me sirve. Obviamente, me quedo ojiplática y mi cerebro no termina de entender lo que está pasando. ¡¡Pero si llevo billete!!
Pero como SOY GILIPOLLAS, no había caído en que una semana no va de jueves a jueves, sino de jueves a miércoles, como el buen señor se ha encargado de repetirme unas cuantas veces ante mi cara de asombro. Total, que como el buen hombre tenía más razón que un santo, nos hemos bajado con él en la siguiente parada para que me pusiera la multa. ¡Cómo me dolían los 40 euros en lo más profundo de mi ser! ¡Qué ganas de ponerme a dar cabezazos contra la pared!
Pero debe de ser que me he topado con el único alemán majo que trabaja en la BVG. Le he debido de dar pena, MUUUUCHA pena, porque ha decidido que en vez de una multa normal, le iba a poner a Rulillas una "multilla" como si se hubiera olvidado el abono en casa. Me ha hecho darle a ella 7 euros, ir a comprar un billete nuevo y se ha ido a seguir con su patrulleo.
Odio Schönefeld con todas mis fuerzas. Pero con todas. Hacía ya ¿tres? años que no volaba con Easyjet y, por tanto, no tenía que volar a ese aeropuerto infernal. Me explico, las tres primeras veces que vine aquí volé con Easyjet. Lo que es igual a Schönefeld. No sé por qué extraño motivo, le cogí bastante cariño, y lo defendía a muerte ante los amantes de Tegel. ¡Qué equivocada estaba! Una vez que vuelas al amoroso y minúsculo aeropuerto de Tegel, te acostumbras mal. Aterriza el avión y en dos segundos estás ya bajando del avión. Dos segundos más y ya has salido a la calle. Y de allí, bus directo a Alexanderplatz. Fin de la historia. Pero en Schönefeld, amigos... ¡Es otra cosa! Tardas tres millones de horas en llegar a la puerta desde que aterrizas y luego, una vez en tierra ya, te toca subir y bajar escaleras, como si no hubiera mañana, hasta que consigues salir del laberinto. Una vez fuera te encuentras en el medio de la nada, y llegar a alguna parte decente de Berlín te lleva más tiempo del que debería ser necesario. Mucho odio. En teoría, deberían haber abierto hace medio año el super-aeropuerto-internacional-de-chachilandia-miraquélargalatenemos de Berlin Brandenburg. Para que luego se metan con las obras públicas españolas. ¿Efectividad alemana? Ya...
Es baratíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimo comer. Afortunadamente, ya voy teniendo mi lista de "restaurantes" donde se puede comer muy rico y por muy pocos euros. Por ahora, ninguno alemán. Dadme tiempo... (como si no hubiera tenido tiempo todavía, pero bueno...)
Realmente este punto es un poco trampa, porque no es exclusivo de Berlín. RECLAM ES AMOR. Tienes todos los libros de la literatura alemana, versiones bilingües de un montón de obras, manuales de casi cualquier cosa sesuda imaginable (hoy me he topado con una "Altnordische Literatur" que me ha dejado loquísima) y obras un poco aleatorias (de las que no doy más explicaciones porque, verdaderamente son aleatorias. Por ejemplo, hoy he visto un libro titulado "Poesías rojas" que tenía una recopilación de poemas relacionados con cosas que evocan el color rojo y, cómo no, impreso en tinta roja). Todo esto por unos pocos duros. Lo que daría por que hubiera algo así en España.
Las bibliotecas universitarias alemanas me gustan más que las nuestras. Llegas, dejas todo tu aparataje en una taquilla, pasas, te sientas y estudias. O lees. O escribes. O lo que quieras. Y si quieres un libro del depósito, te levantas y lo coges, que por algo TODOS los libros los tienen de acceso libre. Y cuando te cansas, recoges las cosas de la taquilla y te vas. Einfach so.
Los alemanes no tienen ningún tipo de ritmo. Es muuuuuuuy divertido ver a los alemanes bailar. Sobre todo a aquellos que se creen que acaban de salir de Fama. Lo malo es que cuando llevo un tiempo aquí pierdo el ritmo yo también y acabo bailando agitando los brazos y moviendo el cuerpo con un ritmo extraño. Y acabo siendo yo el bicho raro.
Los alemanes tienen un problema con las cortinas. Puedes tener suerte y encontrarte cortinas en las ventanas, pero no suele pasar muy a menudo. Lo mismo ocurre con las cortinas de los baños. Parece una cosa lógica tener una cortina en la ducha para que no se salga el agua, ¿no? PUES NO. No ocurre siempre, pero puedes verte adoptando posturas extrañas al ducharte para evitar que se cale el suelo del baño. Y no quiero hablar ya de las persianas. Creo que es más fácil darle un besito a un unicornio, recibir una carta para ingresar en Hogwarts o encontrar la entrada a Narnia.
Los berlineses son muy horteras. Demasiado. Bueno, no sé si sólo los berlineses, pero es que hay veces que dan ganas de arrancarse los ojos. Y lo peor es que pasa como con la música electrónica, que te acabas acostumbrando. Y peor aún, acabas siendo tan hortera como ellos. Deja de importarte si los pantalones pegan con la chaqueta o con la camiseta. Te empiezan a llamar a gritos los colores fosforitos. Y acabas con el pelo de colorines. Un horror. Pero pasa. He llegado a salir a la calle con unos pantalones de pijama de cuadros morados, azules y rosas, una camiseta negra con otra roja debajo, las botas negras por encima y una chaqueta de cuero. Es lo que tiene bajar a hacer la colada a una lavandería Y NADIE ME HA MIRADO RARO.
Los alemanes son inmunes al invierno.Pensaba que con la nieve dejarían las terrazas, las bicis, los mercadillos y los puestos de comida. Incluso que los vendedores ambulantes de perritos tendrían otro trabajo para el invierno. Pero no. Ahí siguen todos. Cosa que también es lógica. Pero eso no significa que me llame menos la atención.
Tienen un problema con las cosas de sabores. Que a mí me parece estupendo, porque yo también lo tengo. Tienen trescientos tipos de panes con cosas (pipas, pistachos, tomate, aceitunas...), aguas de todos los sabores, refrescos también de todo tipo, cervezas para todos los gustos... Como ya he dicho, a mí me parece estupendo. Sobre todo por mi afición a los arándanos y a las grosellas. Sí, tienen agua, caramelos, chicles y cerveza con sabor a eso. Y cerveza de trigo con zumo de plátano. Además, me puedo pedir tranquilamente una cerveza con Coca-Cola sin que me miren raro :)
Hay 10 millones de españoles. Una locura. Vayas donde vayas es IMPOSIBLE no toparte con alguien que hable español. Pero imposible de verdad. Creo que es una venganza nuestra por haber conquistado Mallorca. También hay muchíiiiiisimos alemanes que han aprendido español en su año sabático y que se enteran de todo. Así que hay que tener mucho cuidado con lo que se va diciendo por ahí ;)
Recuerdo la primera vez que vine, con mis tiernos 17 añitos. Me pensaba la reina del mundo. ¡Ay, si mi yo del pasado hubiera sabido! Me acuerdo de aquellas palabras casi premonitorias en Hauptbahnhof con una cervezuela de más. Si me lo hubieran contado, me habría reído.
Tengo un montón de recuerdos que hacen que cada vez que pienso en Berlín me aparezca una sonrisilla entre los labios. Mundial 2006. A lo mejor uno de mis mayores amores platónicos (pero platónico de verdad, de esos que se despiden sin un beso, con una pulsera para que jamás les olvides y una promesa de volverte a ver en un país aleatorio en un tiempo determinado que sabes que jamás se va a cumplir). "The Love Is Back". O eso dice mi camiseta, porque del Loveparade no me acuerdo. Aprender cuál es la diferencia entre la bandera australiana y la neozelandesa. Millones de fotos con desconocidos. Y cuando digo millones, son millones. Descubir, de mala manera, que la cerveza, a pesar de llevar alcohol, explota si la dejas mucho tiempo en el congelador. Caerle en gracia a un camarero en el Hard Rock Café y que te abra la tienda a ti y a tu amiga para poder comprar (y que cuando la gente intente pasar mientras estás chusmeteando, les diga que la tienda está cerrada). Aprender entre besos la letra de la canción "Sweet Home Alabama". Conversaciones interminables en el balcón. Sentir la libertad que creías perdida después de una relación totalmente destructiva. Que un nepalí sepa darle la vuelta a la tortilla mucho mejor que tú. Cruzar un lago a nado. Montar en bici con un autobús de dos pisos justo detrás de ti y sentirte completamente segura. Bares abiertos las 24 horas del día, 365 días del año. Comida india. Dar de comer a un pato de la mano. Ir a buscar a tu mejor amigo al aeropuerto con un pack de bienvenida mientras supuestamente estás en clase. Llorar desconsoladamente en mitad de la calle y que un desconocido se te acerque a intentar darte consuelo. Perder el juicio entre dos furgonetas. Caminar toda la tarde por la ciudad intentando descubrirle sentido a la vida. Hospitalidad turca. Descubrir que las canchas de baloncesto son un lugar acogedor. Voley playa. Tardes y tardes en el canal. Dejarte la mitad de la vida aquí. Esperar con nervios a que llegues. Pasar hasta la cocina en un hotel de cinco estrellas (literal). Decidirse entre seguir cerveceando o recogerte pronto porque si no, los rayos de sol en plena cara no son buena ayuda para intentar dormir. Pasar las tardes comiendo kilos y kilos de pipas en el karaoke. Mustafá. Descubrir cómo hay partes de la Historia que no nos llegan a España. Horas y horas en la biblioteca. Usar un zapato como papelera. Una rosa roja. Tener que comprar una maleta porque no hay manera de que quepan tooodos los libros para volver a casa. Conciertos al aire libre con la orquesta sinfónica de Babelsberg. Sentirme por un rato como una princesa. Cervezas de sabores. Catarsis nocturnas de camino a casa. Nieve. Berlinale.
Dicen que eres una ciudad hostil, mein Berlinchen. Puede ser. Pero yo me siento como en casa.
Llega con muchíiiiiisimo retraso, pero más vale tarde que nunca :)
Voy a dejar por escrito, antes de que se me olvide del todo, así unas cuantas generalidades, señora style, de las impresiones que saqué de Budapest cuando estuve en noviembre. Algunas son realidades, otras no, otras podrían serlo. Pero me apetece dejar una opinión completamente subjetiva de lo que me pareció la ciudad. Probablemente me deje cosas, ya ampliaré en abril ;)
El húngaro es un idioma infernal.
Budapest es una ciudad excesivamente decadente. Pero bonita :)
Después de haber aguantado a las ladies despotricar sobre lo excesivamente sucio que está Berlín y lo exageradamente descuidado que está, casi me entra un ataque de risa al llegar a Budapest. A lo mejor soy muy poco objetiva, pero creo que de lejos es la ciudad más sucia y descuidada que he visto. Pero, como he dicho en el punto anterior, bonita. Muy bonita :)
Budapest es una ciudad que nunca duerme. True story. Reconozco que después de mis tres semanas "viviendo" con dos húngaros (mis aventuras en el piso de Berlín de este otoño pasado bien se merecen una entrada aparte) iba bastante condicionada para mal. A pesar de Bogi, la húngara que vivía con los españoles. Pues bien, resulta que no todos los húngaros se van a dormir con las gallinas y salen de sus casas más tarde de las 10 de la noche. Y no se acuestan todos tampoco a esa hora. ¡Y hay cosas abiertas de madrugada!
No hay que dejarse engañar. En Budapest también hay tranvías que no son viejunos. Lo que pasa es que los sacan fuera del centro para no romper ese aura de decadencia que tiene la ciudad. Seguuuro. Porque si no, no lo entiendo.
Hay autobuses que van por el agua. Sí sí sí. AUTOBUSES QUE VAN POR EL AGUA. Ya me lo había contado mi amiga, pero pude verlo con mis propios ojos. ¡¡Y hay fotos!! Lo que pasa es que ahora mismo no sé dónde leches están. Ni siquiera sé si las hice yo. Pero existir, existen
Los húngaros son EXCESIVAMENTE lentos. Pero una cosa exagerada. Y mira que los españoles tenemos fama de tener mucha pachorra y que jamás pensé que fuera a encontrar gente más lenta. Pero sí, la hay. Los húngaros. Cuando estuve hablando con mis húngaros (los del punto 4. Tengo que reconocer que les cogí cariño) se quedaron todos ojipláticos cuando se lo dije. Que la cajera tarde 45 minutos en pasarte tres artículos les parece normal. En ese preciso momento entendí que fliparan tanto cuando en media hora me duchaba, me vestía, me maquillaba un poquitín los días que más despierta estaba y desayunaba. ¡Cómo se nota también que no están acostumbrados a llegar tarde a los sitios!
Por el contrario, las escaleras mecánicas van rapidísimo. Pero una cosa exagerada. Tanto, que casi hace falta montarse en ellas con un saltito. Así pasa, es llegar a Madrid y aburrirte bajando al metro.
El metro de Budapest es, sin duda, mejor que el de Madrid. Me explico. Vale que el metro de Madrid tiene millones de paradas y kilómetros de recorrido. Y que los trenes son nuevecitos casi todos. Pero el metro de allí gana en frecuencia. Esperar 4 minutos a que llegara el tren me parecía muchísimo. ¡Ains!
Hay tres millones de McDonalds. Lo juro. Cada casi 100 metros te encuentras uno. Petado de gente. Curiosamente dicen mis húngaros que ninguno de ellos va, y que la mayoría de la gente que conocen tampoco. No sé si hacerles mucho caso por la cantidad de McDonalds 24 horas que vi.
Vuelvo a repetir que todo esto es total y absolutamente subjetivo. También es bastante aleatorio. He cogido estas 10 cosas como podía haber cogido cualquier otra si se me hubiera ocurrido antes, jijiji. Quizá en abril cambien algunas impresiones sobre la ciudad. Mal sehen...