Después de una semana bastante intensa, no he podido evitar quedarme dormida en el avión de vuelta a Madrid. Me ha despertado la voz del piloto cuando nos ha informado de que en pocos minutos íbamos a aterrizar en Barajas. Emocionada, me he asomado a la ventanilla para ver el secarral. Mi secarral. El secarral que me indica que ya queda menos para llegar a casa. Para mi sorpresa, en lugar de marrones y amarillos me he encontrado con el color verde. Me he acordado del marzo más lluvioso de los últimos años y, en ese mismo instante, me he dado cuenta de que mis vacaciones definitivamente se habían terminado.
Menos mal que me he venido con el sol dentro.
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