domingo, 31 de marzo de 2013

Semana Santa castellana

Todos los años por estas fechas en la tele se entretienen poniéndonos una y otra vez las distintas procesiones que han salido a recorrer las calles de las ciudades o que se han tenido que suspender por la lluvia. Año tras año, las mismas imágenes. Este año me he dado cuenta de que lo gastronómico es lo más olvidado. Yo llevo toda la vida comiendo las mismas cosas, pero no ha sido hasta este año que me he dado cuenta de que son cosas comunes a lo largo y ancho de Castilla (no me meto en berenjenales del resto de España porque a tanto no llego). 
Aquí os dejo las tres cosas principales (porque del potaje ME NIEGO a hablar):




La limonada. Recuerdo a mi abuelo hacer litros y litros de limonada cuando yo era más pequeña, aunque dejó de hacerla más o menos cuando ya tenía edad como para poder beberla en cantidades industriales. La receta es lo que últimamente me tiene fascinada. Mi madre dice que éste (el color de la foto) viene a ser el color de la limonada tradicional. Yo, no sé por qué, la recuerdo muuuuuucho más oscura. Vete tú a saber quién tiene razón. El caso: lleva vino, alguna bebida gaseosa y frutitas. Y generalmente se puede pedir en cualquier bar.




Los buñuelos. Realmente hablo de los buñuelos porque me da la gana. No sé si son típicos de la zona, pero mi abuela los hace en cantidades industriales todos los años, sin excepción. Y como mi amor al punto 3 es discutible, siempre he comido buñuelos todos los años como si los fueran a prohibir. 




Las torrijas. Como he dicho antes, mi amor por ellas es bastante discutible. Mi madre se empeña en hacer todos los años, también en cantidades industriales, por lo que entre las torrijas y los buñuelos acabábamos todos casi con indigestión en cada comida. Hay tres millones de maneras prepararlas (aquí nos ayuda el amigo Youtube) y de comerlas. Yo he cogido la sana y buena costumbre de echarle helado también. Por si fuera poco. También es muy típico el poder encontrar torrijas en cualquier bar al que vayas.


Muy probablemente estas sean cosas que también se coman en el resto de España. Pero es algo de mi infancia, que me ha acompañado siempre y que hace que me sienta en casa. 
Me tocará al año que viene llevármelas para Alemania.

martes, 19 de marzo de 2013

Bailando vals con el pasado


Es curioso cómo la distancia tiende a deformar y difuminar los recuerdos. Se me antojan más que lejanos aquellos días que pasó entre Praga, Budapest y Viena. Para mí fueron largos meses de verano en los que, con suerte, mientras jugaba en la calle me llamaban a voces por la ventana para poder hablar con él. Sin duda, esos breves ¿segundos? ¿minutos? eran lo mejor de todo el día. Recuerdo los nervios que me invadían una semana antes de que volviera a casa, por volver a estar con él, por los regalitos que traía desde, para mí, esas tierras tan lejanas, y por escucharle contar esas mil y una batallitas que se traía de vuelta en la maleta.

De Praga no conservo muchos recuerdos. De la ciudad me acordaba sólo del puente de Carlos. Por mi mente pululaba también el nombre de Karlovy Vary.



(Puente de Carlos al atardecer en julio del 2010. ¡Gracias, yo del pasado!)


Budapest aparecía en mi cabeza como una ciudad monumental. Recuerdo guardar la carta de apenas tres líneas que me mandó, junto con una guía de la ciudad, como si fuera un tesoro. Me hacía muchísima gracia que la ciudad, Budapest, realmente fueran dos, Buda y Pest. Aún me acuerdo de cuando me enseñó lo poco de húngaro que había aprendido a chapurrear mientras cenábamos fuera para celebrar su vuelta. Recuerdo el sabor del Paprika en las comidas, el ajedrez de figuritas talladas en madera y el chaleco y la camisa con bordados “típicos”. El chaleco no tanto, pero la camisa sí que me la puse en bastantes ocasiones (mi yo hortera viene de mucho antes de Berlín). Sissi me vigiló mientras dormía durante un buen número de años, los mismos que me duró la obsesión hacia ella.




Viena era para mí una ciudad todavía más monumental que Budapest, grandiosa, imperial. Soñé durante muchísimos años con la posibilidad de asistir a la Gran Ópera para bailar allí, vestida de princesa, mi primer vals. Y, cuando sabía que estaba allí, me ponía en casa el Danubio Azul a un volumen demasiado estridente y comenzaba a bailar, girando y girando en vueltas infinitas por todo el salón.





Estas tres ciudades han pasado para mí de ser ciudades maravillosas y fantásticas a tener un cierto sabor agridulce.

Praga fue la primera ciudad (de las tres) que visité. Recuerdo haberme negado con verdadero pavor a viajar allí. Pero era un plan alocado, de los que me gustan, y en una compañía inmejorable. Otro día os contaré más detalles. Recuerdo sentir que se me partía el alma en dos cuando me repartieron un folleto publicitario de un museo de tortura del que ya tenía propaganda por casa. Recuerdo también el estómago encogido mientras atravesaba el puente de Carlos, a pesar de los numerosos músicos que se dedicaban a animar el ambiente.

La visita a Budapest no fue más fácil. Fui para allá para ver a Mireia, que anda por ahí de Erasmus, y de paso, ver a los locos de los húngaros que había conocido en Berlín (que siguen teniendo pendiente una entrada). Obviamente, guardo recuerdos increíbles del viaje, si no, no habría pensado en volver en abril. Sin embargo, sentía un nudo en la garganta cada vez que veía en algún puesto alguno de los recuerdos que nos trajo de sus viajes. Y cuando enseñé a abrir una de esas cajitas de madera con el cierre secreto, casi me echo a llorar.

Viena se perfila en mi horizonte... La idea me sigue asustando un poco. Les daré otra oportunidad a las Mozartkugeln (que me da a mí que poco futuro va a tener la cosa). Y me pondré en mitad de algún puente aleatorio a escuchar el Danubio azul a todo volumen para poder crear recuerdos nuevos. Sólo espero que el pasado no decida venir a bailar conmigo.







viernes, 15 de marzo de 2013

Anécdota guírica (I)

Una mañana de julio cualquiera, en clase de alemán en Berlín. Mi profesor estaba de vacaciones, así que vino un sustituto. Teníamos que escribir en pareja una serie de oraciones utilizando los verbos propuestos en una lista, y uno de ellos era "besar". Le propuse a mi compañera algo parecido a "en España la gente se saluda besándose en las mejillas". Se acerca el profesor:

-PROFESOR: Uy, no sé yo si la gente española estará muy de acuerdo con esto...
-YO: Yo soy española y estoy de acuerdo.
-PROFESOR: Uuups...

viernes, 8 de marzo de 2013

Momentos catárticos

Iba conduciendo de vuelta a casa cuando ha comenzado a sonar esta canción en la radio:




Recuerdo la primera vez que escuché esta canción. Estaba nevando en Madrid y caminaba hacia la universidad, todavía a oscuras, entre enormes copos de nieve. Snow dances with the wind, no podía venir más a cuento...

Meses (¿o años?) más tarde, en Berlín ya, descubrí que Scorpions iba a cerrar un ciclo de conciertos de música clásica al aire libre, el Classic Open Air, allí en Berlín, en la Gendarmenmarkt. ¿Scorpions y música clásica? Sí. Me había pasado semanas escuchando una y otra vez el disco que grabaron con la Filarmónica de Berlín y casi muero de la emoción ante la idea de poder verlos en directo. Esta vez no era con la Filarmónica de Berlín, sino con la de Babelsberg, pero no me importó. Temblando, conseguí encontrar la página web donde se podían comprar las entradas. Obviamente, a esas alturas ya no quedaba ninguna (estoy mirando ahora la web y ya están a la venta, como para que hubiera entradas libres en julio el día antes del concierto :P). 

De vez en cuando tengo buenas ideas, como en aquel momento, así que decidí, a pesar de todo, pasarme por allí a ver qué se cocía. Recuerdo los nervios en el metro según me iba acercando, aún puedo sentirlos. Precisamente ésta fue la última canción que sonó en mi mp3 antes de llegar a la plaza. El ambiente era algo especial. No pude ver nada porque el escenario y las gradas estaban vallados (y porque llegue demasiado tarde como para poder coger un buen sitio de los gratis) . Además, que la Gendarmenmarkt estaba llena de gente de todas edades y colores, pero a pesar de eso se podía oír perfectamente. No tocaron esta canción, pero sí otra que me gusta muchísimo, Send Me An Angel


(Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a mi yo del 2011 por haber hecho una foto del momento y poder así ilustrarlo ahora, y a mi yo de algún momento posterior por haber decidido que era una estupendísima idea pasar las fotos de mi móvil anterior al ordenador)


Lamentablemente no pude quedarme mucho tiempo, había quedado en la otra punta de la ciudad y, cómo no, llegaba tarde, pero esos minutos que pasé allí todavía me siguen estremeciendo. Tuve la misma sensación de alegría y vacío existencial que me invade cuando termino un buen libro. Recuerdo también que cuando me iba alejando de allí, camino a la parada de metro, sentía como si se me fuera desgarrandi algo en mi interior a la vez que una extraña comunión con el universo. 
En ese preciso momento fue cuando se estableció mi vínculo entre Scorpions y Berlín.

Durante el mes que pasé allí, este disco de Scorpions se convirtió en mi banda sonora para cuando volvía a casa. En cuanto me bajaba del autobús, ya a horas intempestivas en las que la oscuridad lo recubría todo (muy intempestivas entonces tampoco eran, porque en cuanto te descuidas ya te empieza a clarear), me ponía los cascos y comenzaba a caminar. Generalmente, en mis paseos nocturnos de vuelta a casa, sea en el país que sea, tiendo a ponerme muy mística. Encuentro soluciones a todo, incluso al hambre en el mundo, pero en cuanto aparece el mínimo rayo de luz, éstas se desvanecen. Pero esto da lo mismo mientras todavía está oscuro.

Hoy he sentido esos copos de nieve en mi cara, esa sensación de comunión con el universo, ese desgarramiento de mis entrañas y ese misticismo. Todo a la vez. Sumado a una morriña terrible de Berlín.


Dreaming through a winter night,
Memories of you are passing by
It seems to me like yesterday
I think you knew I couldn't stay
I see the stars, they're miles and miles away
Like our love...