Sexta vez en Berlin.
23 semanas ya recorriendo tus calles.
Casi seis meses de mi vida en total.
Recuerdo la primera vez que vine, con mis tiernos 17 añitos. Me pensaba la reina del mundo. ¡Ay, si mi yo del pasado hubiera sabido! Me acuerdo de aquellas palabras casi premonitorias en Hauptbahnhof con una cervezuela de más. Si me lo hubieran contado, me habría reído.
Tengo un montón de recuerdos que hacen que cada vez que pienso en Berlín me aparezca una sonrisilla entre los labios. Mundial 2006. A lo mejor uno de mis mayores amores platónicos (pero platónico de verdad, de esos que se despiden sin un beso, con una pulsera para que jamás les olvides y una promesa de volverte a ver en un país aleatorio en un tiempo determinado que sabes que jamás se va a cumplir). "The Love Is Back". O eso dice mi camiseta, porque del Loveparade no me acuerdo. Aprender cuál es la diferencia entre la bandera australiana y la neozelandesa. Millones de fotos con desconocidos. Y cuando digo millones, son millones. Descubir, de mala manera, que la cerveza, a pesar de llevar alcohol, explota si la dejas mucho tiempo en el congelador. Caerle en gracia a un camarero en el Hard Rock Café y que te abra la tienda a ti y a tu amiga para poder comprar (y que cuando la gente intente pasar mientras estás chusmeteando, les diga que la tienda está cerrada). Aprender entre besos la letra de la canción "Sweet Home Alabama". Conversaciones interminables en el balcón. Sentir la libertad que creías perdida después de una relación totalmente destructiva. Que un nepalí sepa darle la vuelta a la tortilla mucho mejor que tú. Cruzar un lago a nado. Montar en bici con un autobús de dos pisos justo detrás de ti y sentirte completamente segura. Bares abiertos las 24 horas del día, 365 días del año. Comida india. Dar de comer a un pato de la mano. Ir a buscar a tu mejor amigo al aeropuerto con un pack de bienvenida mientras supuestamente estás en clase. Llorar desconsoladamente en mitad de la calle y que un desconocido se te acerque a intentar darte consuelo. Perder el juicio entre dos furgonetas. Caminar toda la tarde por la ciudad intentando descubrirle sentido a la vida. Hospitalidad turca. Descubrir que las canchas de baloncesto son un lugar acogedor. Voley playa. Tardes y tardes en el canal. Dejarte la mitad de la vida aquí. Esperar con nervios a que llegues. Pasar hasta la cocina en un hotel de cinco estrellas (literal). Decidirse entre seguir cerveceando o recogerte pronto porque si no, los rayos de sol en plena cara no son buena ayuda para intentar dormir. Pasar las tardes comiendo kilos y kilos de pipas en el karaoke. Mustafá. Descubrir cómo hay partes de la Historia que no nos llegan a España. Horas y horas en la biblioteca. Usar un zapato como papelera. Una rosa roja. Tener que comprar una maleta porque no hay manera de que quepan tooodos los libros para volver a casa. Conciertos al aire libre con la orquesta sinfónica de Babelsberg. Sentirme por un rato como una princesa. Cervezas de sabores. Catarsis nocturnas de camino a casa. Nieve. Berlinale.
Dicen que eres una ciudad hostil, mein Berlinchen. Puede ser. Pero yo me siento como en casa.
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