Es
curioso cómo la distancia tiende a deformar y difuminar los
recuerdos. Se me antojan más que lejanos aquellos días que pasó entre
Praga, Budapest y Viena. Para mí fueron largos meses de verano en los que, con suerte, mientras jugaba en la calle me llamaban a voces por
la ventana para poder hablar con él. Sin duda, esos breves
¿segundos? ¿minutos? eran lo mejor de todo el día. Recuerdo los
nervios que me invadían una semana antes de que volviera a casa, por
volver a estar con él, por los regalitos que traía desde, para mí, esas tierras tan
lejanas, y por escucharle contar esas mil y una batallitas que se
traía de vuelta en la maleta.
De
Praga no conservo muchos recuerdos. De la ciudad me acordaba sólo
del puente de Carlos. Por mi mente pululaba también el nombre de
Karlovy Vary.
(Puente de Carlos al atardecer en julio del 2010. ¡Gracias, yo del pasado!)
Budapest
aparecía en mi cabeza como una ciudad monumental. Recuerdo guardar
la carta de apenas tres líneas que me mandó, junto con una guía
de la ciudad, como si fuera un tesoro. Me hacía muchísima gracia
que la ciudad, Budapest, realmente fueran dos, Buda y Pest. Aún me
acuerdo de cuando me enseñó lo poco de húngaro que había
aprendido a chapurrear mientras cenábamos fuera para celebrar su
vuelta. Recuerdo el sabor del Paprika en las comidas, el ajedrez de figuritas talladas en madera y el chaleco y la camisa con bordados “típicos”. El chaleco no tanto, pero la camisa sí que me la puse en bastantes ocasiones (mi yo hortera viene de mucho antes de Berlín). Sissi me vigiló mientras dormía durante un buen número de
años, los mismos que me duró la obsesión hacia ella.
Viena
era para mí una ciudad todavía más monumental que Budapest,
grandiosa, imperial. Soñé durante muchísimos años con la
posibilidad de asistir a la Gran Ópera para bailar allí, vestida de
princesa, mi primer vals. Y, cuando sabía que estaba allí, me ponía
en casa el Danubio Azul a un volumen demasiado estridente y comenzaba
a bailar, girando y girando en vueltas infinitas por todo el salón.
Estas
tres ciudades han pasado para mí de ser ciudades maravillosas y
fantásticas a tener un cierto sabor agridulce.
Praga
fue la primera ciudad (de las tres) que visité. Recuerdo haberme
negado con verdadero pavor a viajar allí. Pero era un plan alocado, de los que
me gustan, y en una compañía inmejorable. Otro día os contaré más
detalles. Recuerdo sentir que se me partía el alma en dos cuando me
repartieron un folleto publicitario de un museo de tortura del que ya tenía propaganda por casa. Recuerdo también el estómago encogido mientras atravesaba
el puente de Carlos, a pesar de los numerosos músicos que se dedicaban a animar el ambiente.
La
visita a Budapest no fue más fácil. Fui para allá para ver a
Mireia, que anda por ahí de Erasmus, y de paso, ver a los locos de
los húngaros que había conocido en Berlín (que siguen teniendo
pendiente una entrada). Obviamente, guardo recuerdos increíbles del
viaje, si no, no habría pensado en volver en abril. Sin embargo,
sentía un nudo en la garganta cada vez que veía en algún puesto
alguno de los recuerdos que nos trajo de sus viajes. Y cuando enseñé
a abrir una de esas cajitas de madera con el cierre secreto, casi me
echo a llorar.
Viena
se perfila en mi horizonte... La idea me sigue asustando un poco. Les
daré otra oportunidad a las Mozartkugeln
(que
me da a mí que poco futuro va a tener la cosa). Y me pondré en
mitad de algún puente aleatorio a escuchar el Danubio azul a todo
volumen para poder crear recuerdos nuevos. Sólo espero que el pasado no decida venir a bailar conmigo.


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